Abrió los ojos por segunda vez en una misma noche. Eran las tres de la mañana y sentía que la cabeza le iba a explotar. Tocó las sábanas y se dio cuenta de que estaban empapadas de sudor, y apenas estaba acabando el invierno. La puerta de la habitación estaba cerrada y aún así se colaba algo de luz de alguna habitación cercana. Se levantó, intentando no hacer ruido, y abrió despacio la puerta. Se habían olvidado de apagar la luz del salón. Caminó tranquila hasta allí, rascándose el brazo ''antes de apagarla iré a coger algo de beber'', se acercó a la cocina y abrió el frigorífico. El horrible sonido que producía hizo que le doliese aún más la cabeza. Cogió la jarra de agua rápidamente para que el sonido no le molestase más. Se sirvió un poco en un vaso y se la bebió de un trago; finalmente, lo dejó en el fregadero. Salió de la cocina para ir a su próxima parada: el salón. Mientras daba pasos cortos oía cómo alguien hablaba malhumorado por el teléfono móvil, al instante reconoció la voz de su madre.
-No puedo hacerle esto otra vez (....) Pero, ¡es mi hija! (...) Marina me matará, la conoces perfectamente.
Marina, se acercó a la puerta y dio un suave toque.
-Te dejo, está aquí. Adios.
Su madre colgó el teléfono y se dio la vuelta para ver como su hija la miraba con los ojos abiertos como platos y los puños cerrados. Se acercó a ella, aparentemente enfadada.
-¿Podría saber con quién estabas hablando de mi?
-Era mi jefe -contestó Claudia apartando la vista de sus amenazadores ojos verdes.
-¿Qué te decía?
Marina conocía la respuesta perfectamente desde hacía mucho tiempo, aproximadamente tres años. La primera vez que se enteró de que se tenían que trasladar fue cuando ella tenía doce. Su madre la llamó a su habitación y le dijo que tenían que hablar. Le contó que en el nuevo trabajo que tenía tendría que viajar de un lado a otro durante largos periodos de tiempo. Al principio Marina se enfadó, pero su madre le prometió que esa sería la primera y única vez que eso ocurriría. Pero le mintió, pues a los tres meses tuvieron que volver a trasladarse. Cuatro mudanzas en tan solo tres años. Esta última era la más larga, siete meses sin haberse movido de la misma casa. La respuesta de su madre cortó sus pensamientos.
-Ya sabes, otro traslado... pero esta vez a otro pais.
-Esta es la gota que ha colmado el vaso, mamá. Llevo aceptando tus malditos traslados desde hace tres años y ya estoy harta. ¿Has pensado en lo que Luis y yo queremos? No, ¿verdad? No hace falta que contestes, porque ya sé la respuesta. Olvídate de tu trabajo y piensa un poco en tus hijos y entiende que no estaremos aquí toda la vida.
La contestación de Marina dejó de piedra a Claudia. Ella era una chica tranquila, que pocas veces se enfadaba. Pero también era de esas que cuando la sacabas de sus casilla, te arrepentías al instante de haberlo hecho.
Marina salió de la amplia habitación enfadada e impotente, con los ojos llorosos y el pecho a punto de explotar. Se encerró en su habitación a llorar como nunca lo había hecho, mientras abrazaba la almohada. Cerró los ojos e intentó dormir. Algo que no consiguió hasta mucho después de las cinco y media de la mañana.
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